Llenamos nuestra vidas de relojes con la absurda esperanza de controlar el tiempo, de impedir que se nos escapen los segundos de entre los dedos. El incesante movimiento de las agujas nos recuerda que no somos eternos, que todo esto tiene fecha de caducidad, y que más vale que corramos antes de que sea demasiado tarde.
La posibilidad de perder el tiempo nos aterra, así que preferimos vivir experiencias que no nos corresponden con tal de mantenernos ocupados. Pero la vida no debería "ocuparse" con vivencias, más bien llenarse de momentos que nos hagan creer que somos infinitos.
Así que os propongo lo siguiente: ¿qué tal si paramos el tiempo?
Para poder alargar todas esas conversaciones nocturnas sin tener que preocuparnos por el madrugón del día siguiente. Para viajar a todos los sitios a los que planeamos ir cuando encontremos "algo de tiempo libre". Para poder caminar pasito a pasito y hacer caso al que dijo que las prisas no son buenas.
Puede que así nos diéramos cuenta de que los mejores momentos son aquellos en los que no te acuerdas de mirar el reloj. Y es que la calidad del tiempo no se mide en minutos ocupados, sino en respiraciones profundas. Esas con las que te llenas de aire los pulmones y te resistes a dejarlo escapar porque, por un segundo, parece que alguien haya detenido el mundo para que tú puedas contemplar lo que el maldito tiempo no nos deja apreciar.
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Inspiración en "Las ventajas de ser un marginado"



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